La Argentina, el país del asado, ahora mira más seguido la carne que viene de afuera. El USDA calcula que este año entrarán unas 50.000 toneladas y que en 2027 el número podría subir a 70.000.
El dato tiene su vuelta de tuerca: mientras crecen esas compras, el consumo interno viene para atrás. Y no poco, porque el bolsillo aprieta y la mesa también lo siente.
Según el informe, antes de 2018 las importaciones eran casi una anécdota. El cambio se aceleró a fines de 2025, con más cortes enfriados de mayor valor, sobre todo desde Brasil, con Paraguay y Uruguay completando la oferta.
La mayor parte de lo que entra sigue siendo carne congelada para uso industrial, para hamburguesas y salchichas. Pero también aparecieron cortes más finos, como lomo, nalga, cuadrada, colita de cuadril, bola de lomo y aguja, y hasta el asado de tira ya se ve en algunas cadenas.
¿La razón del interés? El precio. El organismo estadounidense señala que esos cortes importados cuestan entre 25% y 35% menos que los argentinos comparables. En criollo: cuando la cuenta no cierra, el mercado hace cuentas de nuevo y se pone picante.
Del otro lado, la exportación vive un momento fuerte. En junio de 2026, el precio promedio de exportación fue de u$s7.879 por tonelada, y en los primeros ocho meses del año las ventas al exterior crecieron 6,5% interanual.
Puertas adentro, la película es otra. El USDA estima un consumo de 47,4 kilos por habitante en 2026, mientras CICCRA midió en agosto un promedio de 46 kilos anuales por persona, el nivel más bajo de la serie que arranca en 2005. Con semejante panorama, el asado sigue siendo rey, pero anda con el trono medio flojo, ¿no?

