La vitivinicultura argentina está apretada por dos frentes: cae el consumo mundial y, encima, los costos locales suben más que el dólar. Con ese combo, exportar se volvió una carrera cuesta arriba.
El problema no llega solo. Mendoza y San Juan suman la distancia a los puertos y una economía poco abierta, dos mochilas que pesan bastante cuando hay que salir a vender al mundo.
El texto plantea dos caminos. Uno es seguir como hasta ahora, con el ajuste cayendo sobre el precio de la uva y el riesgo de que se abandonen viñedos; el otro es mirar lo que hicieron Chile y Australia cuando les tocó bailar con la más fea.
En esos países, la respuesta fue mezclar más mercados, vinos de mayor valor, mejoras de productividad y cambios en la escala productiva. En Australia, por ejemplo, también empezaron a recortar superficie y a reorganizar empresas; en Chile, en cambio, siguieron creciendo en exportaciones y viñedos.
La conclusión es bastante clara: no alcanza con una sola receta. Si el dólar queda más barato y el consumo mundial sigue flojo, la salida pasa por bajar costos, vender mejor y decidir cuánto producir sin seguir pateando la pelota para adelante. ¿O alguien pensaba que el vino se acomoda solo?

