Brasil se prepara para una obra que viene dando vueltas hace casi un siglo: un túnel inmerso bajo el canal del puerto de Santos. Tendrá 1,5 kilómetros de largo y 870 metros irán sumergidos, justo donde se mueve el mayor complejo portuario brasileño.
Hoy ese cruce lleva unos 50 minutos, y con suerte no se estira más. Con el túnel, la idea es bajarlo a menos de cinco minutos, una diferencia que suena a cuento, pero está en los planes oficiales.
La traza tendrá tres carriles por sentido y espacio para transporte público, peatones y ciclistas. Autos, colectivos y camiones pasarán sin cruzarse con los buques que seguirán navegando arriba, mientras unas 28.000 personas cruzan cada día en balsas y embarcaciones menores.
El túnel no saldrá directo a la BR-101. En Guarujá habrá una conexión de dos kilómetros con la Rodovia Cônego Domênico Rangoni, integrada al corredor hacia la ruta federal, o sea: nada de salida mágica, hay que empalmarla bien.
La obra quedó en manos del Grupo Mota-Engil, con una asociación público-privada a 30 años y una inversión prevista de 6.800 millones de reales. Durante 2026 seguirá la ingeniería y los estudios; las primeras obras físicas irían en 2027, los módulos se colocarían en 2029 y la operación comercial arrancaría en 2031. ¿Manso atajo, no?

