Francia atraviesa una de sus crisis sociales más pesadas de los últimos años. Lo que empezó a mediados de septiembre con estudiantes secundarios en los suburbios de París terminó en una protesta nacional con reclamos educativos, bronca por el costo de vida y rechazo al ajuste.
El sábado 17 de octubre fue el día que encendió más la mecha. Hubo manifestaciones en varias ciudades, con enfrentamientos, incendios, saqueos y una fuerte respuesta policial; un combo que dejó al gobierno de Emmanuel Macron bastante complicado.
Según Reuters, más de 500.000 personas participaron de las movilizaciones en todo el país. La agencia también informó cerca de 1.800 detenidos y más de 500 policías heridos, un saldo que muestra que el asunto ya no era solo un reclamo escolar.
El conflicto arrancó en las escuelas, sobre todo en zonas populares de Créteil, donde alumnos y docentes denunciaron falta de profesores, aulas superpobladas y edificios deteriorados. También apuntaron contra Parcoursup, la plataforma que ordena el ingreso a la universidad y que muchos ven como un filtro más que como una ayuda.
Después se sumaron sindicatos, trabajadores públicos, transportistas y sectores ligados a los chalecos amarillos. La cosa se puso espesa porque el malestar por la energía, los alquileres y la plata que no alcanza terminó mezclándose con el reclamo educativo; un bardo de esos que no entran en un solo cartel, ¿viste?
La tensión también cruzó fronteras y empezó a verse en otros países de Europa. Hubo protestas estudiantiles en Bélgica, ocupaciones en Italia y reclamos por el financiamiento universitario en Irlanda, Alemania y Austria.
En el fondo, el problema francés mezcla deuda pública, ajuste fiscal y servicios que no alcanzan a responder. Y mientras el gobierno intenta apagar el incendio con diálogo y medidas de emergencia, la pregunta queda picando: ¿alcanza con prometer más docentes cuando la bronca viene de mucho más abajo?

