Este martes se cumplen 36 años del asesinato de María Soledad Morales, la adolescente de 17 años cuyo caso sacudió a Catamarca y a toda la Argentina.
Lo que empezó como una noche más terminó en un crimen que quedó pegado al poder político. Y desde ahí, el expediente empezó a caminar con más barro que vereda recién llovida.
La madrugada del 8 de septiembre de 1990, María Soledad había ido a una fiesta en un boliche local para juntar plata para su viaje de egresados. Con el correr de la investigación, el nombre de Luis Tula, de 28 años, apareció primero, y después tomó fuerza Guillermo Luque, hijo del entonces diputado nacional Ángel Luque.
El caso quedó enseguida atado a la rosca de poder en Catamarca. Ángel Luque tenía vínculo cercano con el gobernador Ramón Saadi, y ambos también estaban relacionados con el entonces presidente Carlos Menem.
La investigación arrancó torcida, con denuncias de irregularidades en el rastrillaje, presuntas maniobras de encubrimiento, amenazas y presión policial. También hubo cuestionamientos sobre la actuación de integrantes del Poder Judicial, y el primer juicio oral fue anulado en 1996.
Después vino la segunda vuelta judicial, en 1998, que condenó a Guillermo Luque a 21 años de prisión como autor material y a Luis Tula a 9 años como partícipe secundario. Luque recuperó la libertad tras cumplir 14 años por buena conducta, y ambos hoy están en libertad.
El caso también dejó las famosas Marchas del Silencio, impulsadas por los padres de María Soledad, Elías Morales y Ada Rizzardo, junto con la monja Martha Pelloni. Miles salieron con velas a pedir justicia, y el reclamo hizo temblar al poder como pocas veces.
El impacto fue tan grande que el gobierno nacional de Carlos Menem intervino Catamarca, y el clan Saadi perdió el control político que había tenido durante décadas. A 36 años, el nombre de María Soledad sigue siendo un golpe seco contra la impunidad, ¿o todavía hay quienes creen que el poder siempre zafa?

