El 20 de agosto, Martín Llaryora y Juan Schiaretti se sentaron a solas en Córdoba para bajar un cambio en la interna. La charla se confirmó después, pero el runrún siguió dando vueltas y dejó más preguntas que respuestas.
El cordobesismo viene con roce desde hace meses, y la convivencia entre las dos generaciones no anda fina. Por eso, el encuentro buscó ordenar el tablero antes de que el bardo crezca más de la cuenta.
Uno de los temas fue la relación con el Gobierno nacional y quién pone la cara como interlocutor con los Milei. En la mesa chica de Llaryora no cayó bien que se acuerden votaciones con Diego Santilli y después aparezcan movimientos de “librepensadores” en el Congreso.
También pesó la pata judicial, donde hay vínculos que incomodan a ambos lados. En el Tribunal Superior de Justicia y entre fiscales provinciales aparecen nombres con llegada a Schiaretti, mientras en el llaryorismo miran de reojo el ruido salarial en Tribunales.
Del lado schiarettista, el foco pasó por el orden interno, el rol de Alejandra Vigo y el armado del peronismo de centro pensando en 2027. Entre reuniones, dardos y señales cruzadas, la política cordobesa quedó otra vez en modo ajedrez: todos mueven, todos miran, y nadie quiere quedar pagando, ¿no?

