El proyecto Sea Lion apunta a sacar petróleo en aguas que rodean a las Islas Malvinas. La jugada quedó en manos de dos petroleras medianas, que se animaron a un terreno donde las grandes prefieren no meterse.
La operación está a unos 220 kilómetros al norte del archipiélago y la maneja la israelí Navitas Petroleum, con el 65%. El otro 35% es de la británica Rockhopper Exploration, que viene empujando el proyecto desde hace años.
Las empresas aprobaron en diciembre de 2025 la decisión final de inversión para la primera etapa. El plan habla de u$s1.800 millones y cerca de u$s1.000 millones en deuda, una cifra que no es para cualquiera.
Si todo sigue su curso, la producción arrancaría en el primer trimestre de 2028 y llegaría a unos 55.000 barriles diarios. La idea es usar pozos submarinos y una unidad flotante para producir, guardar y descargar el crudo.
Navitas calcula que el yacimiento tiene 216 millones de barriles de reservas y unos 603 millones de recursos totales. Pero el problema no es solo técnico ni económico: la Argentina mantiene el rechazo y aplica sanciones para quien opere sin autorización en esa zona. ¿Negocio tentador o flor de papelón diplomático?

