Hay nombres que dejan ruido de guantes y también de barrio. Jorge “Roña” Castro fue uno de esos, y Daniel Pereyra guardó su recuerdo más fresco.
El periodista sanjuanino lo conoció en 2005, en el Luna Park, y siguió en contacto con él hasta hace apenas unos días. Ahora reconstruye a un campeón que, lejos del verso, eligió ayudar como podía.
Pereyra, con 28 años de trayectoria en boxeo, lo vio de cerca en el ring y fuera de él. Dice que Castro tenía fama, plata y títulos, pero seguía siendo un tipo humilde, de esos que saludan sin apuro y no se agrandan ni un poquito.
La postal que más lo marcó fue la del gimnasio transformado en depósito. Allí guardaba verduras, alimentos no perecederos y mercadería para asistir a 16 merenderos, mientras en la puerta se armaban filas por una vianda, pan o mate cocido con semita.
También le quedaron grabados los restos de boxeo que sobrevivían en ese lugar: una bolsa, una bata con los colores de Boca y unos guantes colgados. “Era un loco lindo”, resumió Pereyra, con esa mezcla de cariño y asombro que dejan los personajes grandes de verdad. ¿Y cómo no iba a quedar pegado ese recuerdo?
Castro, nacido en Caleta Olivia, también seguía mirando a su tierra. Hace unos meses le contó a Pereyra que continuaba ayudando con la comida gracias a amigos que le acercaban verduras y mercadería, y hasta había enviado camiones con alimentos a su ciudad natal.
El vínculo entre ambos siguió hasta el final. Hace 15 o 20 días, el Roña le mandó un video para un streaming, y también había quedado pendiente un café en San Juan cuando viajara con una empresa minera.
La noticia de su muerte, a los 59 años, golpeó fuerte en el mundo del boxeo. Pereyra se queda con una imagen simple y potente: la de un campeón que no se olvidó de donde vino y siguió peleando, pero esta vez por los demás.

