A simple vista parecen cajas con piedras acomodadas, pero debajo de la Cordillera cuentan otra historia. Los testigos de perforación son el registro que los geólogos usan para leer el subsuelo sin andar a ciegas.
Esos cilindros de roca, obtenidos con perforación diamantina, conservan datos sobre mineralización, alteración y estructuras. Con eso se puede reconstruir la evolución geológica e hidrotermal de un yacimiento, que no es poca cosa.
En San Juan, donde hay proyectos grandes ligados a pórfidos de cobre y sistemas epitermales, este material sirve para armar modelos geológicos 3D. También ayuda a estimar recursos minerales y a orientar la exploración de depósitos de cobre, oro y plata.
Pero la cosa no termina cuando la broca saca el testigo. Después viene el acondicionamiento, la recomposición, el registro fotográfico, el logueo geológico y geotécnico, y más tarde el corte y el muestreo para laboratorio. Un trabajo de hormiga, pero con bastante ciencia arriba.
Además, se aplican controles de calidad para cuidar la trazabilidad de los datos y que nada quede flojo de papeles. Y todavía hay otro uso: el Ministerio de Minería, a través de su Secretaría Técnica, lleva estas muestras a escuelas técnicas y carreras universitarias para que los pibes vean de cerca cómo se trabaja en serio. Al final, la roca no habla sola, pero casi casi.

