Desde 1998, el Viagra se ganó un lugar propio en la conversación popular. Su principio activo, el sildenafil, ayudó a millones de hombres con la disfunción eréctil, pero también dejó una estela de mitos que siguen circulando como si fueran verdad revelada.
La famosa pastilla azul no hace magia ni sirve para todo. Su efecto es más específico: ayuda a lograr y mantener una erección, pero no aumenta el deseo sexual por sí sola ni está pensada solo para adultos mayores.
El urólogo estadounidense Drogo Montague, de la Cleveland Clinic, explicó que hay varios puntos para mirar con lupa. El primero: el sildenafil no nació para el sexo, sino para tratar la angina de pecho, un dolor vinculado al corazón.
Ahí aparece el dato que no conviene pasar por alto. El problema serio no es el corazón en sí, sino mezclarlo con medicamentos que contienen nitratos, porque esa combinación puede hacer caer la presión arterial de golpe. Y con la presión no se juega.
También hay que ponerle un freno al mito de la erección eterna. El priapismo existe, pero es poco frecuente, y si una erección dura cuatro horas o más, la recomendación médica es ir a una guardia sin hacer la de “a ver si se pasa solo”.
En la vista también puede haber efectos, sobre todo con dosis altas. Algunas personas notan cambios temporales, incluso una tonalidad azulada, pero eso no significa que el medicamento provoque daños oculares permanentes de manera inevitable.
Otro punto que suele quedar picando: el Viagra no levanta el deseo como por arte de truco. Lo que hace es facilitar la respuesta física, siempre que haya estimulación sexual; el resto depende de otros factores, como lo hormonal, lo emocional y la relación de pareja.
Por último, no es un tema exclusivo de hombres grandes. Según los datos citados, cerca del 40% de los hombres presenta algún grado de disfunción eréctil a los 40 años, así que la consulta médica no debería patearse. ¿La moraleja? No es un caramelo milagroso, pero tampoco un enemigo: se usa con criterio y bajo control profesional.

