Camila Chihadeh tiene 26 años, es odontóloga y encontró en su trabajo una vocación bien concreta. Lo que empezó como una carrera que no era su primera opción terminó tomando otro rumbo, y fuerte.
Al terminar el secundario quería estudiar Medicina, pero finalmente arrancó Odontología. Después de algunas dudas en la facultad, descubrió que su lugar estaba en la atención de personas con discapacidad.
En ese camino, su tía Malak, que tiene parálisis cerebral, fue decisiva. “Es mi musa y mi inspiración para todo lo que hago”, contó al recordar ese vínculo que la marcó desde chica.
El clic llegó en cuarto año, cuando cursó una materia dedicada a la atención odontológica de personas con discapacidad. Ahí encontró el punto justo entre su historia personal y lo que estaba aprendiendo, y se puso las pilas en serio.
Desde entonces se sumó como ayudante de cátedra y empezó a atender junto a especialistas con experiencia. Con el tiempo entendió que no alcanza con saber técnica: también hacen falta paciencia, empatía y tiempo para cada paciente.
Hoy recibe familias que venían dando vueltas por varios consultorios sin conseguir respuesta. En algunos casos, los padres habían consultado a más de diez odontólogos y seguían sin una solución, hasta que aparece alguien dispuesto a atender.
“Los padres, cuando me ven a mí y lo que hago, lloran de emoción, como si por fin hubieran encontrado alguien que pueda hacer este trabajo”, relató. Y claro, después de tanto recorrido, encontrar atención no es poca cosa.
Camila también insiste en hablarle directamente a cada paciente, sin dejarlo de lado por su discapacidad. Mientras sigue atendiendo y formándose, cursa una especialidad en estética orofacial y piensa seguir capacitándose en el exterior, porque en la Argentina todavía hay mucho por desarrollar en ese campo.

