La preocupación por el sector nuclear argentino volvió a quedar sobre la mesa en Buenos Aires, pero el tema también pega de lleno en la vida cotidiana: si se frenan proyectos clave y se pierden técnicos e investigadores, el país pierde capacidad propia para sostener una actividad que aporta energía, conocimiento y trabajo especializado.
Este martes, la Comisión de Economía que encabeza la diputada Julia Strada reunió a especialistas, investigadores y trabajadores de la Comisión Nacional de Energía Atómica para analizar la situación del área. La convocatoria se hizo bajo el título “Situación del sector nuclear: implicancias económicas” y, según se informó, no hubo presencia de representantes del oficialismo.
Durante la exposición, Ignacio Cortez, integrante del Grupo Física Estadística e Interdisciplinaria de la CNEA y delegado de ATE, fue directo: dijo que Argentina “domina la energía nuclear” pero que ese desarrollo se está perdiendo. También sostuvo que se está “desmantelando el plan nuclear argentino” y remarcó que la energía nuclear es una de las más baratas y amigables con la naturaleza.
Cortez señaló además que el país invirtió 76 años en construir ese conocimiento y que forma parte del selecto 3% de los países del mundo con reactores de investigación propios. En ese marco, advirtió que esa inversión “está siendo destruida” y que lo que está en juego es la soberanía energética.
Después habló Rodolfo Kempf, físico e investigador de la CNEA, quien apuntó contra el incumplimiento de tareas vinculadas con la extensión de vida de la central nuclear Atucha I. Según planteó, eso podría llevar a que la central quede fuera de servicio y deje de aportar alrededor del 8% de la matriz energética.
Kempf también advirtió que, si no se revierte el rumbo, Atucha I podría pasar de ser una central que produce energía desde 1974 a convertirse en un residuo radioactivo, con un costo de desmantelamiento estimado en 2.000 millones de dólares. Además, cuestionó el vaciamiento del proyecto Carem y reclamó que se frene la destrucción de un área que consideró emblemática.
Desde Francia, donde hoy reside, la ingeniera nuclear Julieta Romero aportó otra mirada que deja una señal clara para toda la comunidad científica: cuando una persona formada en el país se va porque no le alcanza para vivir o no encuentra oportunidades, no se pierde solo un puesto de trabajo. Se corta una cadena de conocimiento, se frena la formación de nuevas generaciones y se debilita la capacidad de resolver problemas acá, sin depender de afuera.
Su testimonio dejó en evidencia una de las consecuencias más sensibles de esta crisis: la fuga de talentos. En un área que necesita años de estudio y experiencia, cada profesional que se va representa mucho más que una baja en una planilla; es una pérdida difícil de recuperar para el país.

