La inteligencia artificial ya se metió en la vida diaria para escribir, resumir, programar y hasta ayudar a decidir. Pero un grupo internacional de investigadores puso el tema sobre la mesa con una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando le pasamos cada vez más laburo mental a la máquina?
Ese debate aparece en un trabajo titulado “Los modelos de lenguaje extenso como virus cognitivo”, difundido en ArXiv y todavía sin revisión por pares. En el estudio participa Ricard Solé, del Laboratorio de Sistemas Complejos de la Universitat Pompeu Fabra.
La comparación con un virus no es literal, aclaran los autores. No dicen que la IA sea una enfermedad ni que usarla provoque de una vez un deterioro cognitivo, sino que, en ciertas condiciones, podría empujar a una dependencia tecnológica persistente.
El punto fino está cuando la herramienta deja de acompañar y empieza a reemplazar el esfuerzo propio. Ahí, según el trabajo, la IA funciona como un andamiaje que ayuda o como un atajo que te deja pagando, porque la persona deja de ejercitar lectura, análisis, escritura o resolución de problemas.
Para explicar ese riesgo, los investigadores usan modelos matemáticos parecidos a los de la epidemiología. Plantean que el uso de estos sistemas no crece solo por decisión individual, sino también por la escuela, el trabajo y las costumbres que se contagian en el entorno. ¿La idea? Que la ayuda no termine comiéndose el pensamiento.

