La movida salió redonda para los gigantes de la tecnología: Elon Musk, Mark Zuckerberg y Jensen Huang hablaron por separado con Donald Trump y frenaron un nuevo control sobre la inteligencia artificial.
La propuesta había nacido de Demis Hassabis, de Google DeepMind, y tenía apoyo de Dario Amodei, de Anthropic. Buscaba crear una entidad financiada por la industria para fijar estándares de seguridad, algo así como un árbitro armado por los propios jugadores.
Pero los tres empresarios le marcaron la cancha al presidente. Dijeron que ese esquema podía terminar favoreciendo a OpenAI, Anthropic y Google DeepMind, justo los laboratorios que quedarían en el centro de la supervisión. Después de escucharles, Trump decidió no avanzar.
La jugada dejó otra vez al desnudo un problema que en la Casa Blanca ya admiten en voz baja: cuando los ejecutivos tienen acceso directo al poder, cualquier intento de poner reglas puede quedar picando. No es la primera vez que una intervención de último momento desarma una política que venían cocinando hace meses.
En mayo, el asesor presidencial David Sacks ya había convencido a Trump de bajar una orden ejecutiva que iba a poner a los modelos de IA bajo una revisión más dura. Esta vez, el presidente volvió a plantarse contra más regulaciones y hasta calificó las advertencias sobre riesgos como un “engaño”. ¿Quién le pone el cascabel al gato cuando los que mandan en la tecnología también tocan la puerta del despacho oval?

